NACIÓN DE NACIONES: un homenaje al pueblo gitano

Princesas gitanas. 1870. Narcisse-Virgile Díaz de la Peña.

Siendo estudiante de Derecho, asistí a la vista pública de juicios penales. El juez dio inicio interrogando a un gitano que informó que había recibido una soberana paliza de la mujer de su raza sentada no muy lejos de él. El juez interrogó a la acusada, una gitana tímida, madura, delgada y de apariencia afable, que confesó que efectivamente le había agredido y que no le había causado lesiones, “muy a su pesar”. Habló poco y mal. No tenía por qué confesar. Los testigos ratificaron su versión.

Entonces me percaté que la sala estaba repleta de gitanos. Todos se mostraban silentes y respetuosos. Recordé la vieja pragmática que dictó Isabel de Castilla, contra los gitanos sin oficio conocido:

“…  cada uno cien azotes por la primera vez, y los destierren perpetuamente destos reinos; y por la segunda vez, que les corten las orejas, y estén sesenta días en las cadenas, y los tornen a desterrar, como dicho es, y por la tercera vez, que sean cautivos de los que los tomasen por toda la vida” Real Pragmática de Isabel de Castilla de 1499. Novísima Recopilación: Libro XII Título XVI

Para finalizar el acto, el juez hizo poner en pie a la acusada. Tenía derecho a la última palabra. El asunto no revestía dificultad jurídica. En el uso de la última palabra se mostró tímida, concisa y contundente: “Lo hice porque violó a mi hija. Lo tenía que hacer ”.

A preguntas del juez la agresora indicó el juzgado y el procedimiento que instruía la investigación sobre la presunta violación. El ambiente se volvió muy tenso. En la sala abarrotada de gitanos el silencio era hiriente.

Señora: quiero que sepa que no puedo tener en cuenta si hubo o no una violación, porque yo no puedo investigarlo. La ley me lo prohíbe. Estoy obligado a juzgar solamente una presunta agresión contra este señor. Tengo que dictar una sentencia. Todas las pruebas apuntan contra usted, incluso su propia declaración.  Le aseguro que como no ha habido lesiones, la sentencia va a ser muy leve. ¡pero tengo que condenarla”.  El juez estaba conmovido y se sintió obligado a disculparse.

Un viejo gitano, dio un bastonazo en el suelo y se puso de pie sin pedir permiso, casi interrumpiendo al juez:

“Señoría soy el patriarca gitano de esta zona. Hemos venido a someternos a la justicia que usted imparte.  Usted no puede juzgar todos los hechos que aquí se han mencionado, porque su ley se lo prohíbe. Lo comprendemos. Pero nosotros tenemos otra ley, la ley gitana. Y habrá justicia”.

Un pueblo -el gitano- tiene unas costumbres ancestrales y esas costumbres han dado lugar a una ley. Da igual que esté o no escrita. Es una ley que  vincula a ese pueblo y puede que al individuo que lo ataque. Esas costumbres adquiridas con siglos de historia, han dado lugar a un pueblo diferente de cualquier otro: esto es una nación. Es un pueblo sin estado, sin territorio,  sin  militares ni policías, no tiene potestas.  Pero hago observar que  todos los gitanos presentes en el juicio, obedecerían sin dudarlo una orden del viejo patriarca impartida con un leve gesto. Eso es autorictas: autoridad que se imparte sin el empleo de la fuerza (potestas).  Hay una ley impuesta por la costumbre, hay quien la aplica al infractor y hay quien hace ejecutar a la fuerza su sentencia con una sola orden. Todo pueblo defiende sus costumbres y fuerza a sus miembros a respetarlas imponiendo castigos.

Se dice que la gitana es una nación étnica. Pero su condición de nación no la dan los genes, sino su 

tradición, sus  costumbres y su historia. Sin éstos rasgos sociales, los genes solo diferenciarían a los miembros de este pueblo por su piel aceitunada. Pero esos caracteres históricos sin genes, darían lugar exactamente a la misma nación.

A pesar de sus costumbres y sus leyes, históricamente el pueblo gitano se ha adaptado al lugar donde habita. Se someten y acatan las leyes de la nación que los acoge. Pero, y esto muestra el caso que he relatado, siempre que se cumplan los fines recogidos en sus leyes no escritas. No pueden dejar impune un delito según su ley o su tradición, porque la nación que los acoge así lo establezca.

Si el viejo patriarca gitano, o algún consejo de ancianos,  impuso algún castigo  al presunto violador, lo ignoro. Pero de haberlo hecho, su ejecución chocaría con el código penal español.  Por eso es tan difícil la convivencia de una nación dentro de otra. No por racismo, prejuicios u otras consideraciones semejantes, sino porque poseen unas costumbres y tradiciones diferentes (de lo contrario serían la misma nación) y porque éstas se imponen a la fuerza, en contra de la ley y las costumbres del pueblo que los acoge.

El pueblo gitano es una nación dentro de la nación española. Y dentro del territorio español existen solo dos naciones definidas por su carácter, costumbre, leyes y tradición: La nación española y la gitana.

Hoy el pueblo gitano está muy bien adaptado. No existen los gitanos nómadas que cantaba Lorca  y que tanto castigó Isabel de Castilla, entre otros. Hoy son profesionales, estudiantes, trabajadores, inversores y empresarios. No hay mejor comercial que un gitano. El caso que menciono, aunque verídico, es anecdótico, pero sobre todo, es aleccionador.  Hubo una nación judía dentro de España. También una nación de moriscos. Pero hoy solo pervive como tal, la nación gitana.

Dentro de España puede emerger otra nación: la musulmana. Con sus costumbres, ritos y tradiciones históricas que son propias solo del pueblo musulmán, que impone castigos a los infractores, como toda nación.

Cuando Pedro Sánchez e Iglesias, hablan de España como nación de naciones, están rindiendo un homenaje a los gitanos.

Se lo debemos.

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