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La independencia de iberoamérica. Historia no apta para bolivarianos.

La independencia de iberoamérica no se comprende sin la figura de Simón Bolívar.  Y quien nos pone al tanto de la naturaleza del personaje, hasta el más milimétrico detalle, es nada más y nada menos que el propio Carlos Marx, el autor junto con Engels del famoso Manifiesto del partido comunista, en un artículo que ha sido convenientemente silenciado por ser políticamente una bomba.

En el soberbio estudio historiográfico y psicológico que Marx realiza con pruebas, hechos y testimonios referenciados, se retrata a Simón Bolívar como un dictador militar, sin escrúpulos, cobarde, un sanguinario que hoy en día cualquier psiquiatra calificaría como sociópata, de acuerdo al DSM-V, es decir, carente de empatía por otros seres humanos, sin remordimiento alguno,  un ser que no asume jamás su propia responsabilidad y culpa, consiguientemente, a los demás de sus propios errores.  Una personalidad inteligente, sí,  y sagaz, efectivamente, aunque trastornada.

Carlos Marx , el que mejor ha analizado  la “gesta” de Simón  Bolívar.

Sólo una labor concienzuda de propaganda  e idealización del personaje, fabricada luego de su muerte, puede explicar como es posible mitificar a un individuo que traicionó o asesinó a sus propios amigos y correligionarios, desde Miranda hasta Piar; que cuando le surgía el más mínimo contratiempo se daba a la fuga, de ahí el calificativo que le pusieron, quienes lo conocían bien, de “Napoleón de las retiradas”; y cuyas victorias definitivas se las consiguieron la oficialía y  tropa de la legión británica. Sólo esa labor de propaganda hagiográfica pudo darle su única y duradera victoria después de muerto, la de hacerle pasar por el libertador y demócrata que jamás fue, hasta el punto que en la misma España,  con cuyos nacionales practicó un exterminio sin miramientos a partir del famoso decreto de guerra total o decreto de sangre, haya llegado al disparate de eregirle calles y  estatuas.  Equivalente a que los israelitas en plena Tel-aviv hubieran levantado  estatuas y calles a la memoria de Adolf Hitler.

Qué Simón Bolivar era un agente inglés sólo lo puede dudar aquel que no haya leído sus cartas, donde lo deja bastante claro: siempre obrando a favor de Inglaterra, tanto en la liquidación de la moneda, como con los recursos mineros, haciendas y territorios de los antiguos virreinatos, poniéndolo finalmente todo a disposición de los intereses ingleses, incluyendo el propio ordenamiento jurídico y comercial de su  “América”. Como muestra este ejemplo de los muchos pasajes que lo delatan en sus cartas.

Yo he vendido aquí (Bolivia) las minas por dos millones y medio de pesos y aún creo sacar mucho más de otros arbitrios, y he indicado al gobierno del Perú que venda en la Inglaterra todas sus minas, todas sus tierras y propiedades y todos los demás arbitrios del gobierno, por su deuda nacional, que no baja de veinte millones… Los pastusos deben ser aniquilados, y sus mujeres e hijos transportados a otra parte, dando aquel país a una colonia militar”. Simón Bolívar, 21 de octubre de 1825.

Algo corroborado por un figura como Antonio Nariño , uno de los próceres sublevados, traicionado por el mismo Bolívar, por oponerse realmente a que Inglaterra fuera la dueña de la emancipada “América bolivariana”.

Bolívar, excitado por los extenuantes halagos de Inglaterra ha, partiendo de un instinto animal, obedecido sin derecho a una legitima defensa, las no muy cordiales ni humildes ordenes de dos o de tres hombres que, en su calidad de bribones, han desmantelado un imperio para anexarse de manera materialista las gloriosas tierras hispanas con fines meramente oscuros. Nada me pareció mas repugnante el ver como las tierras donde nací, gozaron de una exquisita libertad, únicamente ideal, mientras los bárbaros ingleses aglutinaban derechos sobre estas tierras que no les eran dignos de su razón de ser. El tiempo me dará la razón, Bolívar fue el peor español que pudo haber traído Dios a nuestras tierras, pues, ha traicionado la rica cultura hispana para abultarse en su ignominioso ego, el seudónimo de ‘caballero ingles’. Antonio Nariño, 1823.

Deshaciéndose de Antonio Nariño, Bolívar  seguía las indicaciones de sus amos ingleses: la camarilla del rey Jorge IV , que habían llamado a Nariño “vil desagradecido” ya que según ellos, Inglaterra había financiado en su totalidad la independencia de los virreinatos de Nueva Granada y las demas provincias de la llamada Gran Colombia, y Nariño no quería que los nuevos territorios independientes fueran tratados como colonias de los anglos.

La cosa ciertamente pudo haber sido peor, si Bolívar no es arrinconado por aquellos de los que trataba de deshacerse para quedarse como único dictador vitalicio. Amargado y soltando pestes de todos, como solía hacer en los momentos de derrota, murió Simón Bolívar en Santa Marta, Colombia, en una de esas curiosas bromas macabra de la Historia, precisamente en la casa de uno de aquellos  españoles que se salvó de su exterminio.

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¿Reconstruir la América Española?

Saliendo de la cueva de la Leyenda Negra.
España precisa en estos momentos, ante el hundimiento previsible del desastre de la UE, de unos dirigentes y una sociedad civil que una vez abandonado el dañino y paleto-paleo sueño de Europa, recuperen el sentido común y dirijan sus esfuerzos a reconstruir el espacio cultural y comercial con la América Española, al que realmente pertenecemos.

El obstáculo más importante lo tenemos en la leyenda negra que todavía se siguen tragando en los paises americanos hermanos. El primer objetivo, por tanto, debería ser agrupar desde España a todos los estudiosos científicos que, diseminados por la América Española, intentan difundir y contar lo que realmente ocurrió para que esta acabara siendo un  mosaico de repúblicas subdesarrolladas y en contínua pugna. Algo que en su día ya asombró a Alexander Humboldt y al mismo Charles Darwin. En España se está empezando, aún a estas alturas, a desmontar la leyenda negra para el gran público, con intentos muy meritorios como  la reciente obra de Iván Vélez, pero aún nos hacen faltan más como él. Aquí la primera de nuestras pequeñas aportaciones.

Que Inglaterra estuvo detrás de la auténtica guerra civil que asoló a las provincias americanas españolas no es una tesis conspiranoica ocurrente, sino que está sólidamente basada en documentos como La emancipación de Sudamérica de W. Burke, pero sobre todo,  el Plan General de 1711 -convenientemente ignorado en España-, donde una presumible alta autoridad inglesa desarrolla punto por punto lo que luego, un siglo más tarde, se aplicaría ayudando a Simón Bolívar a dividir aquel rico y próspero territorio en empobrecidas repúblicas, tal cual aparece detallado en el mencionado Plan General de 1711. El inglés sabía de la interdependencia entre los territorios de Nueva España, el virreinato del Perú-Bolivia, la zona de Uruguay y Paraguay, y lo que luego sería el virreinato del Río de la Plata (Argentina).

El comercio de la América Española en el Pacífico

Estaban al tanto de que la minería del Perú estaba sustentada por la provisión de carne y hierba mate de las zonas del Sur. A su vez que la minería, proporcionaba no sólo la commodity, sino la moneda franca, la onza de plata castellana, que posibilitaba el comercio con todo el Pacífico, en ese momento un mar español. La base de ese comercio la constituían los puertos de Acapulco y Monterrey en Méjico, junto con los de El Callao y Valdivia en Perú y Chile respectivamente. El eje de ese comercio iba desde Acapulco-Callao  a Filipinas, y de Filipinas a Japón y desde ahí hacia China y la India.  Todos estos territorios serían divididos luego de que el plan inglés tuviera éxito en el siglo XIX, acabando para siempre con aquella prosperidad que tanta admiración y envidia causó en las potencias rivales.

La respuesta de España al plan de 1711 fue la guerra de la independencia de las 13 colonias contra Inglaterra. Nunca será reconocido por parte de EEUU  la ayuda crucial que recibieron de José de Gálvez, el genial ministro de Carlos III,  Bernardo de Gálvez, el militar que salvó a George Washington del desastre militar y Pedro de Cevallos. Sin ellos EEUU jamás hubiera existido.

Aquello alargó la existencia de la América Española hasta principios del siglo XIX, más o menos. Justo las fechas de la expedición del naturalista Alexander Humboldt, que elabora un informe detallado preciosísimo, en el que se desmonta la leyenda de una América explotada y a punto de rebelarse contra España. Por el contrario, Humboldt afirma que, por ejemplo, en el Virreinato de Nueva España el salario medio era 4 veces superior al de su natal Prusia. Llega hasta a calcular las raciones de carne consumidas por aquellos mejicanos españoles,  5-6 veces superiores a  las que tenían los prusianos de la época.

Describe la ciudad de Méjico superior en todo a las principales urbes europeas: en urbanismo, cultura, número de hospitales, universidades y bienestar social.  Un progreso así era inimaginable en Londres, Paris, Roma, Berlín y Madrid.  Todo este avance , progreso , paz y felicidad,que fueron traídos por la civilización española, tan injustamente vilipendiada,  le mueve a escribir a su hermano Wilhelm en 1800 lo siguiente:  “No me cansaré de repetirte lo feliz que me siento de estar en la América Española. Puedo afirmarte que no hay parte alguna del mundo donde uno pueda vivir mejor y más dichoso que aquí”.

Si España lo logró una vez, puede conseguirlo de nuevo, de hecho ahora lo tiene más fácil. Debemos aprovechar internet para propiciar la comunicación clara y directa con nuestros hermanos del otro lado de la orilla de lo que hasta poco tiempo fue un mar español: el Atlántico. Cuba y Puerto Rico llaman a nuestra puerta y no debemos ignorarlos. El sueño al que cantó Humboldt, puede ser de nuevo el destino de España en la incierta Europa del siglo XXI.

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