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La II República: ¿asesinato o suicidio ?

El 14 de abril se conmemora el aniversario de la proclamación de la II República, y aquí estamos 86 años después  dándole vueltas a las mismas  cuestiones de siempre, si cabe con mayor confusión que nunca.  Los historiadores, convertidos en vedettes y prima donnas, no pocos comprados por el poder político del R78,  han convertido lo que debería ser la discusión de las ideas basadas en hechos y datos, en un campo de batalla de ideologías.

Por ejemplo,  Paul Preston, una de los historiadores más conocidos y reconocidos en el mundo anglo, se dedica a tomar como material probatorio, meras memorias recuerdos, algunos apócrifos,  de testigos con fiabilidad dudosa.  Cuando no directamente, hace pasar fuentes secundarias como primarias.  Una de sus recientes obras, con el erróneo y frívolo título: «El holocausto español. Inquisición y exterminio en la España del siglo XX» es una prueba de ello. Obra en principio monumental, por su extensión, está plagada de errores fundamentales, como muy acertadamente ha analizado con brillantez Julius Ruiz.  Básicamente su conclusión es que Paul Preston, al no tomar primeras fuentes en su investigación, se inventa una historia para justificar la violencia revolucionaria  como reacción a las tropelías de las tropas franquistas, pero dejando al gobierno de la II República siempre al margen de sacas, asesinatos y represión.   Pues, bien, los hechos demuestran algo bien distinto, las sacas en las cárceles de Madrid y la matanza de Paracuellos, ni estuvieron causadas como represalia antes los bombardeos franquistas sobre Madrid, inexistentes en esos momentos, ni fueron desconocidos por las autoridades republicanas trasladadas a Valencia, que presionadas internacionalmente y por figuras próximas a ese gobierno, se vieron forzadas a nombrar a Melchor Rodríguez, el anarquista, cuya condena a la violencia era pública y notoria, que acabó, mientras duró su breve nombramiento, con la violencia en las cárceles.

Manuel Azaña. Presidente de la República en su fase final. Su maniobra para que Alcalá-Zamora disolviera las cortes y convocará nuevas elecciones en el 36, puso más contra las cuerdas a la República.

Sirva esto como ejemplo de como algunos reputados historiadores, como el tal Preston, usan su posición para cobrar y obtener premios y honores, a cambio de sacrificar la verdad histórica. Pues al inglés, le hubiera bastado con acudir a la prensa de la propia II República, y  a las actas de la Junta de Defensa de Madrid, de la que formaba parte Santiago Carrillo  como consejero de orden público, para saber que aquellos asesinatos no tuvieron nada de azarosos, ni fueron producto de una turbamulta presa del pánico buscando venganza contra los presos, a la manera de la masacre de Septiembre de 1792 durante la revolución francesa .  En la II República, se había gestado un monstruo interior, de organizaciones paraestatales y estatales anarquistas  y comunistas stalinistas, para las que el exterminio del contrario era una necesidad revolucionaria, y estas se fueron imponiendo sobre los republicanos moderados, que maniobraron como pudieron, viendo como el Comité Provincial de Investigación Pública (CPIP) -se convertía en auténtico tribunal político revolucionario responsable de cientos de asesinatos- o la influencia cada vez más notoria de la policia soviética stalinista – el NKVD –

Nada de esto es nuevo en la Historia.  Porque jamás han existido turbamultas anónimas revolucionarias que presas del pánico se dediquen a exterminar al enemigo y sean protagonistas directoras de una revolución.  No, la tal masa popular es realmente una minoria social que ya está encuadrada en facciones, partidos, organizaciones paramilitares y/o políticas que ya tienen en la cabeza el ideario revolucionario de sus líderes extremistas. Y  para la que su enemigo no es sólo el romano-colaboracionistas-fascista, sino los que ahora tienen el poder, por muy democráticos o liberales que sean, en este caso el propio gobierno e instituciones de la II República.

Parecidos razonables. Sitio de Jerusalén siglo I DC y caída de la II República.

Como decimos, nada de esto es original, se repite como patrón, salvando el contexto de las circunstancias materiales concretas, desde antiguedad.   Podemos verlo en un ambiente tan distante como la Palestina del siglo I DC, pormenorizadamente detallado en las obras de Flavio Josefo, historiador y testigo de los hechos: «Antiguedades Judías»  y la «Guerra Judía».   Aquí las autoridades judías del Templo con la izquierda moderada social de los fariseos, mayoría en principio, intentan llegar a un acuerdo con Vespasiano-Tito, los generales romanos, pero son aplastados por sus propios «camaradas», los  «izquierdistas extremistas» de los zelotes cuyos líderes Eleazar ben Simón , Simón bar Giora , y Juan de Giscala;  inician una revolución interna, a pesar de estar en guerra contra los romanos, cuya culminación es la quema de los títulos de deuda que se administraban en el Templo de Jerusalén, junto con el exterminio de la aristocracia del Templo.   A continuación se dedicaron a ejecutar a todo sospechoso de quintacolumnista  y pacifista, acabando con los prisioneros de las cárceles de la ciudad, nos va sonando el tema(?).  Finalmente, como en el caso de la II República,  terminan enfrentándose entre si , en una guerra dentro de otra, similar al enfrentamiento entre anarquistas-POUM contra republicanos-comunistas soviéticos en la Barcelona de 1937.

Lo vemos de nuevo, en la conquista de las Islas Canarias. En Gran Canaria por ejemplo. Tenesor Semidán, el guanarteme de Agáldar en Gran Canaria, se da cuenta de lo fútil de la resistencia y llega a un acuerdo con las autoridades castellanas para parar la guerra. Pero es ya antes, puenteado por algunos guerreros revolucionarios, que minan la autoridad institucional del guanartemato.  Una facción extremista de los guanches capitaneada por Bentejui y el faycán de Telde, el tal Tasarte, deciden no reconocer la autoridad del antiguo guanarteme, y proseguir con una guerra haciendo una especie de revolución socialista neolítica, donde las diferencias de clase son anuladas.

Parecida evolución sucede en la revolución francesa, que lo empieza siendo «burguesa» para acabar siendo dirigida por los elementos más extremistas, minoritarios al comienzo, que construyen el primero estado totalitario protosocialista, con el Cómite de Salud Pública como la camarilla reinante y los tribunales revolucionarios como mano ejecutora de aquella.

Un republicano convencido, aunque conservador y católico, Niceto Alcalá Zamora. En sus diarios recoge el fraude de las elecciones de febrero de 1936.

Los historiadores de la II República y la guerra «incivil» deberían tomar estos ejemplos, no como anécdotas, sino como claves metodológicas para poder encajar los hechos historiográficos, no en moldes ideológicos, sino en las categorías de la Ciencia Política.  Y así verían que el problema siempre es el mismo:  que en la II República no había instituciones politicas por encima de las facciones partisanas, que controlaran de manera efectiva la propensión excluyente de aquellas.  En lugar de instituciones democráticas, la II República fue dominada por camarillas de personajes políticos que al final terminaron imponiéndose a los precarios controles de esas débiles instituciones estatales. De ahí que acabase como acabó :fragmentada entre bandos de camarillas, los azañistas, los caballeristas, negretistas, prietistas, anarquistas divididos a su vez en Oliveristas … etc , algo que vemos repetido incluso en el exilio mejicano, donde la división y el enfrentamiento con saña personal no cesan.  Una muestra de esto es la ilustrativa correspondencia entre Indalecio Prieto y Juan Negrín que demuestra que las instituciones republicanas eran pura apariencia, que la esencia de la II República fue el combate político de camarillas y grupúsculos cuyo objetivo era tener el Poder, y que lo de la democracia y la modernización de España se usaban como justificación de aquello.

Si hubiera primado lo institucional político, el control y sospecha democrática contra el Poder, sobre  la ideología de las camarillas partisanas, como sí sucedió en la revolución democrática americana de las 13 colonias inglesas, que inventa literalmente la democracia representativa en  los «Papeles» de El Federalista de Alexander Hamilton,  James Madison y John Jay. Si hubiera sucedido esto, la II República hubiera aplastado la sublevación de los militares africanistas en los primeros compases. Ni siquiera la operación  Feuerzauber de Hitler, es decir la ayuda  a Franco para cruzar el estrecho, lo hubiera evitado.  La II República con un presidente del ejecutivo comandante en jefe del Ejército español, habria movilizado la marina y aviación repúblicana en el estrecho de manera efectiva y rápidamente y Franco capturado habría sido fusilado en esos días. En su lugar, nos encontramos con las camarillas y facciones aprovechándose del levantamiento militar, para disputarse el poder político entre ellas. La II República  no es que suicidara; corroída por el régimen de camarillas, se debilitó incomprensiblemente y finalmente sí, colaboró en su propia derrota. Su estructura institucional endeble le llevaba a eso.

Y finalmente, respondiendo al título del libro de Preston.  ¿ Hubo realmente un «holocausto español» llevado a cabo por el franquismo con 200 mil republicanos ejecutados luego de la guerra?. Eso afirma Preston, sin embargo, tal cosa no coincide en absoluto con los trabajos de investigación demográficos realizados por los investigadores más diversos. Aquí ya no hablamos de opiniones de historiadores, sino de ciencia pura y dura, es decir modelos matemáticos sobre datos censales contrastados. Pues bien el resultado de comparar la tasa de mortalidad entre la zona republicana y la nacional, arroja luego de la posguerra un saldo a favor de la zona republicana de entre 40000-50000 más de decesos  que en la zona nacional, luego de corregirlo al comparándolo con la tasa de mortalidad femenina en zona republicana.  Muy alejado de la cifra de 200 mil que da Preston y afines.  Teniendo en cuenta que la represión en la zona republicana fue de una cifra similar, sobre los 50000 ejecutados, se puede decir que ambos bandos en esta monstruosa estadística fueron parejos.

La II República, incluso con su origen dudoso ya que no sale de un referéndum sobre la forma de Estado, sino como consecuencia de la huida de Alfonso XIII tras las municipales de 1931, pudo no obstante haber consolidado una democracia estable y progresista, pero no construyó las instituciones que SÌ hicieron triunfar a la democracia americana. En su lugar, las camarillas  y facciones sectarias incurrieron en dos errores mortales que contribuyeron al asesinato final de la II República: primero la revolución de octubre de 1934, segundo;  el fraude local demostrado en el pulcro trabajo de Álvarez Tardío y Villa García, que demuestran que se falsificaron las actas electorales de unas cuantas provincias, que dió al Frente Popular los 50 escaños necesarios para la mayoría en el parlamento.

Nada podía salir bien de este experimento revolucionario hecho por políticos tarados e irresponsables. Y al igual que pasó con la oportunidad perdida durante la revolución francesa, que terminó en la mendaz dictadura militar napoleónica, en España sucedió lo propio con la dictadura franquista. Cuyo logro económico final fue producto de los llamados liberales del Opus, y no de la Falange, un movimiento de ígnaros en economía, a pesar de lo cual, Franco sólo abandonó tras 20 años luego de comprobar que el paraíso autárquico no tenía nada que envidiar a cualquier paraíso comunista cocotero.

Lo lamentable es que en España no se haya aprendido nada. Seguimos pasando de un régimen a otro, sin que nadie se de cuenta de que el problema de España siempre ha sido el mismo: no tener jamás un sistema político donde las instituciones estén por encima de camarillas, sectas y ambiciones de políticos sin escrúpulos. Estos vicios que condenaron a la II República y entronizaron luego a un dictador, siguen hoy presentes en el R78.

 

 

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