Robots ¿amenaza o esperanza?

¿Un mundo infeliz?

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¿Nos dirigimos hacia un futuro próximo desolador o hacia el inicio de un nuevo ciclo económico que, como otros tantos en el pasado, generará prosperidad y más tiempo libre?

Mucho se habla de cómo las tecnologías emergentes, la robotización en concreto, cambiará el panorama laboral a corto plazo. Por lo general el discurso suele ser bastante pesimista: eliminaría millones de empleos conduciendo inexorablemente a las masas a la pobreza más absoluta. Pero si queremos ser positivos al respecto tampoco lo tenemos difícil: bastaría con recordar cómo las sucesivas revoluciones tecnológicas del pasado afectaron en su momento a dicho panorama, eliminando millones de empleos de agricultores, ganaderos, artesanos, contables, mecanógrafos, etc… pero conduciéndonos finalmente hacia una sociedad cada vez menos ociosa, más productiva y más rica (al menos durante las etapas de mayor dinamismo emprendedor).

Un obrero con un PC puede sustituir a los 10 trabajadores de una empresa, pero si a cada uno de esos 10 empleados se les dota de un PC entonces el rendimiento de la empresa se multiplica por cien aumentando así su capacidad para contratar a más contables, arquitectos, etc…

Se habla también de la especialización necesaria para conservar el empleo tras la invasión de la máquina, pero ¿no suele ocurrir más bien lo contrario con cada nueva revolución? Por lo general y gracias precisamente a la ayuda de las nuevas tecnologías, los trabajadores ya no necesitan estar especializados en extremo puesto que la máquina se encarga precisamente del trabajo más complicado, eliminando el requisito de ser un experto para desarrollar una tarea que es ahora elaborada moviendo palancas, pulsando botones, o a través de ciertas órdenes en algún nuevo lenguaje que simplifica dicha especialización.

Así pues, como ha ocurrido con anterioridad, una sola persona podría controlar a varios robots cuya IA se limitaría a cumplir las órdenes recibidas por nosotros con la velocidad y precisión necesaria resolviendo problemas específicos que requieran de una necesaria inteligencia en su proceder, pero dejando las decisiones y órdenes ejecutivas al cerebro del humano. Exactamente ésto fue lo que ocurrió cuando la revolución informática golpeó nuestro modo de vida a finales del siglo XX. Y ¿no fue esa una época que nos empujó hacia la reducción del paro y el auge del consumo?

Si un robot es capaz de realizar la tarea de todo un equipo con sus respectivos PC ¿qué no haría ese mismo equipo al mando de una flota de robots?

Pero tampoco echemos las campanas al vuelo: si realmente somos capaces de crear organismos autónomos cuyas capacidades sean en todos los sentidos superiores a las del ser humano ¿no estaríamos entonces ante la aparición de una nueva especie sobre este planeta? En ese caso no sólo los obreros deberían temblar de miedo e impotencia sino toda la humanidad frente a unos seres que sin duda no sólo podrían eliminarnos al más puro estilo Skynet en Terminator, sino, simplemente, desplazarnos a todos y cada uno de nosotros por mera presión evolutiva.

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4 comentarios sobre “¿Un mundo infeliz?”

  1. Bueno, lo de expandirse hacia el universo, no deja de ser una completa utopía. Veo mucho más factible que la humanidad adopte ciclos cerrados de materiales para evitar precisamente ese problema de la escasez de recursos (suponiendo que hayamos llegado/sobrepasado ese límite). Aparte que estamos a años-luz todavía de que los robots igualen/superen a los humanos en términos de inteligencia, como para preocuparnos de que nos quiten empleos de forma masiva, como si de Futurama se tratara.

    1. Bueno, a principios del siglo XX a nadie se le podía ocurrir que las historias de Julio Verne pudieran verse realizadas. La idea de poner satélites en órbita no era siquiera una idea (se le ocurrió a Arthur C. Clarke) y los ordenadores eran algo perteneciente a la ciencia ficción o cuando menos reservados a grandes empresas o gobiernos pujantes. En esta década o como mucho en la próxima veremos viajes “turísticos” por la luna y no sería de extrañar que se rentabilizara el asunto con algo de material geológico extraído de la cara oculta de la luna (que como no se ve tampoco duele, según la decadente filosofía moderna del capitalismo). No olvidemos que la corteza lunar está alfombrada por meteoritos que la han enriquecido con aluminio y titanio (por mencionar sólo algunos) y que al no haber atmósfera ni tectónica de placas permanecen intactos desde cada uno de dichos impactos.

    2. El empleo probablemente empezará a peligrar de forma masiva en cuanto los robots adquieran una forma o bien antropomórfica o bien adecuada para ciertas tareas, ya que la IA no es del todo necesaria para trabajos repetitivos o mecánicos. En todo caso podemos hablar ya de una IA “específica”, no similar a la humana (que es “general” o polivalente), pero que tiene lo justo para ciertas cosas. Ya asistimos a la irrupción (de momento discreta) de vehículos sin conductor para mercancías y personas, por poner un ejemplo reciente, o a los clásicos robots que montan coches, móviles, etc, etc, etc…

      ¿Es acaso algo perteneciente al futuro o está ya en esa primera etapa de expansión de todos los nuevos productos en la que aún son muy simples y sólo gente con mucho dinero puede permitirse?

  2. Sin duda la finitud de los recursos terrestres y su delicado equilibrio puede marcar un punto de inflexión en la super productividad de los nuevos obreros robóticos (algo que la expansión hacia el exterior del planeta, hacia el “infinito” Universo, haría de ello un problema del pasado). Pero sin duda la cuestión de “¿quién se beneficiará de los nuevos robots?” sí que queda aún como un gran interrogante en el aire.

    Si los robots son lo suficientemente autónomos como para ser enviados a un remoto lugar para que, sin supervisión siquiera, lo exploten y regresen “a casa” con el ansiado botín (algo de hecho muy común entre humanos desde los albores de la humanidad) ¿qué costaría reprogramarlos para que dichos beneficios sean desviados hacia otros destinatarios? Bastaría un simple hackeo. Del mismo modo en que son programados para realizar una determinada tarea, pueden ser reprogramados para que la tarea realizada, o parte de ella, sea otra.

    Lo interesante de las nuevas tecnologías no son las propias tecnologías en sí, sino el uso de ellas se hace en cada momento.

    Los seres humanos no pueden ser controlados a distancia (¿telepatía? ¿Dios?), ni siquiera “programados” desde su infancia de manera simple debido a que apenas conocemos el funcionamiento de nuestro propio cerebro. Sin embargo la tecnología actual ha sido creada desde cero por miles de ingenieros y entusiastas, desde lo más simple hasta lo más complejo, paso a paso, de dentro a fuera, por lo que sus interioridades no son ningún misterio para demasiada gente (por complejo que parezca al resto de los mortales).

    Un hacker, un Robin Tech-hood del futuro próximo, podría desviar la productividad robótica hacia el beneficio común en cualquier momento, del mismo modo que un Adolf Tech-ler podría acabar con toda ansia de libertad con sólo “pulsar un botón”.

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