¿Y QUIÉN SE PREOCUPA DE ESPAÑA? I Parte: la «democratitis»

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Democratitis como ilusión de poder

Durante los últimos decenios de vida política española, el país al completo—ciudadanos, gobernantes, partidos políticos, instituciones, medios de comunicación, opinión pública—viene sufriendo una especie de enfermedad o inflamación de magnitudes epidémicas. La llaman «democratitis».

La mayoría de los españoles ha vivido obsesionada todo este tiempo con el problema de «la democracia», hasta tal extremo que ha venido a caer en la extraña manía de resolver o decidir cualquier cuestión “democráticamente”, es decir, por sufragio—o sea, votando—, incurriendo en el nefasto, cansino y antidemocrático vicio de «fundamentalismo democrático», también conocido con la pintoresca expresión, de reciente cuño y fama, «derecho a decidir».

La democracia se ha convertido en una preocupación monotemática, o mejor dicho, monomaníaca. Que si la tenemos o no la tenemos, y en caso de tenerla, cuánta hay y qué ha de hacerse para aumentarla, pues siempre parece haber poca, esa es la cuestión. Quienes después de realizar sesudos análisis y arduas investigaciones concluyen que no la tenemos, dan mil vueltas, generalmente sobre sí mismos, para definir qué es lo que «realmente» tenemos, ¡entonces!, y qué debemos hacer para tener la democracia «real o efectivamente», ¡ya!

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Unos la ponen en la tierra, aunque lejos de España, juzgándola más o menos perfecta o imperfecta, según como se mire: en los EEUU de Norteamérica o en Inglaterra, en Dinamarca o en Suecia, en Francia o en Suiza. Otros la ponen en el cielo: en el Olimpo griego o en un utópico limbo constitucional. Exista o no exista, haya poca o mucha, siempre a vueltas con lo mismo. La democracia es el problema recurrente, incluso para los que no la quieren ni la entienden. Y ¡vaya usted a saber lo que es! Diríase que es una cuestión de gustos. Cada uno tiene la suya.

La democracia por aquí, la democracia por allá, cuál es la mejor, la verdadera, a qué otra se parece y a que otra no se parece, que si tal y que si cual, que si patatín que si patatán. Es desesperante. ¡Aquí no cabe un demócrata más ni un indocumentado menos! Permítanme ustedes, estimados lectores, el desahogo.

Entre tanto, mientras los españoles dedicamos toda nuestra atención y energía a resolver, “de una vez” y “para siempre”, este problema aparentemente irresoluble y, además, «nos regeneramos»―¡pintoresca creencia!―, olvidamos un asunto previo a la democracia e infinitamente más importante: la unidad del Estado español; o dicho de otro modo, la unidad de España como nación, cuestión de la que en última instancia depende el éxito o el fracaso político colectivo y todo nuestro sistema de libertades y derechos. Si acaso, la preocupación ha consistido en ver cuál era la forma mejor y más rápida de debilitarla o de destruirla.

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